
La obsesión por el control del peso ya no entiende de edades. Los trastornos de conducta alimentaria (TCA), principalmente anorexia y bulimia, han comenzado a aflorar en plena infancia y los sanitarios de Guipúzcoa constatan con preocupación los primeros ingresos hospitalarios de “niños y niñas de diez años”.
Que a esa edad una menor sienta que su cuerpo “no es suficientemente bueno” y haga lo imposible para controlar su peso es un fenómeno novedoso del que alerta la asociación guipuzcoana Acabe, que durante los últimos tres años ha atendido una veintena de menores afectados con edades por debajo de los trece años. “Era algo impensable tiempo atrás y ahora lo vemos cada vez con más frecuencia. Empiezan a hacer una bajada muy importante de peso. Comienzan a mostrar conductas que les llevan a resistirse a ciertos alimentos y realizan un ejercicio excesivo para compensar. En realidad no son muy conscientes de lo que está ocurriendo, lo que les conlleva mucho sufrimiento”, asegura Garbiñe Agirre, coordinadora de la asociación contra la Anorexia y la Bulimia, que el año pasado atendió en Guipúzcoa 62 nuevos casos de trastornos de conducta alimentaria, una cifra que se mantiene constante durante los últimos años.
El inicio es cada vez más precoz y los psiquiatras alertan del aumento de trastornos que aparecen incluso antes de la pubertad, cuando hasta hace tres años lo habitual venía siendo atender estas enfermedades a partir de la adolescencia.
Sin ser el único factor, la presión social y cultural a la que están siendo sometidos niños y niñas de siete y ocho años acaba por inculcarles un ideal de delgadez en el que su imagen corporal lo es todo. Poco después, cuando cumplen los nueve o diez años, ha ido actuando en ellos esa pretensión de cuerpo perfecto, “algo que tiene que ver con la sociedad pero que se trasmite también a través de las familias”, según advierte el psiquiatra Rafael Benito Moraga, especialista en TCA. “Es prácticamente inevitable que las familias experimenten también esa presión social por mantener un cuerpo delgado. Es algo que quizá inconscientemente inculcan a sus hijos para preservarles de las comparaciones”, sostiene el psiquiatra.
El problema no solo es de ellas. Esta presión social y familiar provoca que el número de chicos con trastornos del comportamiento alimentario también vaya en aumento. La Asociación Acabe ha atenido en los dos últimos años a cinco niños: dos de trece años, uno de doce, y otros de once y diez respectivamente. Todavía son una minoría en proporción a las niñas -en un porcentaje de uno por cada diez- pero el número creciente viene a reflejar que “la imagen también les preocupa a ellos cada vez más”. Esta obsesión es reforzada por “muchos entrenadores deportivos que pesan a estos chavales y les incitan a adelgazar” sometiéndoles a una presión que no son capaces de manejar.
Los especialistas han comenzado a alertar sobre la necesidad de intensificar los programas de prevención primaria. La presión que ejerce la sociedad sobre el aspecto físico, especialmente el de las mujeres, queda grabada en sus mentes. Prácticamente la mitad de los jóvenes de doce a 18 años (47%) confiesan que les gustaría estar más delgados; el 16% considera que la ropa le estaría mejor con una talla menos y cuatro de cada diez considera que las personas del entorno pesan menos que ellos, según las conclusiones del estudio de la UPV/EHU La imagen corporal en relación con los TCA en adolescentes vascos de 12 a 18 años.
La belleza y delgadez se han convertido para los niños y adolescentes en términos que están íntimamente relacionados. Esta vinculación que alude al hecho de “cuidarse y estar a dieta” es hoy casi una nueva forma de religión, convirtiéndose cada día para más personas en su trampa y perdición. Se favorece así el inicio de los coqueteos con el dejar de comer para sentirse y verse mejor, hecho que puede llegar a favorecer la aparición de los TCA en el sector más susceptible de la población.
“Una vez que se identifica el trastorno alimentario, hay menores que te acaban reconociendo que en realidad nunca han tenido sobrepeso. Muchos incluso están delgados, pero te dicen que tienen miedo a engordar. Atraviesan dificultades y comienzan a controlar la comida, muchas veces sin saber el motivo”, explica la coordinadora de Acabe. “Los padres no suelen ser conscientes del problema y les cuesta mucho entender lo que está ocurriendo. Lo viven muy mal, con mucha incredulidad y pensando que tiene que tratarse de otro tipo de asunto. Con el tiempo van aceptando que hay un diagnóstico y un tratamiento, pero resulta muy complicado”, expone.
La Anorexia y Bulimia Nerviosa suponen un gran reto para la salud pública en general y la salud mental en particular, ya que en muchas ocasiones, no se dispone de los medios suficientes para abordar este tipo de enfermedades con éxito.