Al contrario de lo que podemos pensar, el cuerpo no funciona dividido en sistemas que trabajan por separado. Existe la creencia de que está por un lado el aparato nervioso, por otro lado el sistema endocrino, por otro el aparato respiratorio y por otro el digestivo. En realidad sólo hay un sistema y han de trabajar juntos para mantener en funcionamiento todo el cuepo. No es sorprendente por tanto que las enfermedades mentales puedan estar relacionada con otros trastornos físicos que no parecen relevantes en un primer momento. De hecho, el sistema digestivo tiene un enorme efecto en el cerebro y viceversa.
Hay otro sistema en el cuerpo que no es tan conocido como es el sistema nervioso entérico que se encarga de controlar directamente el aparato digestivo y que es el principal objeto de estudio de la neurogastroenterología. Este sistema nervioso es un subconjunto del sistema nervioso central. Conecta el cerebro a través de los nervios y dirige desde él, funciones vitales como la digestión de los alimentos. De hecho, existen varios neurotransmisores asociados con la salud mental que son generados en el intestino. Muchos de los tratamientos de los trastornos mentales como el trastorno bipolar se basan en inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, además de en los estabilizadores del estado de ánimo y en medicamentos antipsicóticos. Esta serotonina está presente en el tracto gastrointestinal del ser humano. Por lo tanto, es lógico pensar que si este vínculo se rompe de una manera que afecta el estado de ánimo, podría existir también un enlace con determinados trastornos gastrointestinales.
Uno de estos trastornos que aparecen en ocasiones en pacientes con trastorno bipolar es la gastroparesia, que reduce la capacidad del estómago para vaciar sus contenidos al dejar de funcionar el llamado nervio vago. Cuando este nervio se daña, los músculos del estómago y los intestinos no funcionan de manera normal, y el movimiento de los alimentos se detiene o retrasa. Esta enfermedad genera náuseas, vómitos, fatiga, y dolor. De hecho en ocasiones se trata con anticonvulsivos estabilizadores del ánimo que también se utiliza en el tratamiento del trastorno bipolar.
Otros trastornos físicos como la gastritis también se han asociado con la enfermedad mental. En estos trastornos la mucosa en el tracto digestivo tiende a producir una respuesta inflamatoria más alta que al asociarse al estrés crónico puede desarrollar una respuesta mental de ansiedad y depresión. El tracto gastrointestinal inferior también tiene un impacto tanto en la salud mental como en la física. Ciertos anticuerpos presentes en niveles más altos en los pacientes con trastorno bipolar también aparecen en pacientes con la enfermedad de Crohn. Al mismo tiempo estos pacientes también pueden tener un mayor riesgo de sensibilidad al gluten y la enfermedad celíaca. Todo está entrelazado, por lo que puede en ocasiones se puede encontrar ayuda donde menos te lo esperas. Como conclusión, podemos asegurar que las terapias que se usan en el trastorno bipolar en ocasiones pueden ayudar al mismo tiempo en los trastornos del intestino, y al revés.