En los últimos años los estudios científicos acerca de la microbiota y su relación con el sistema nervioso central se han disparado. Fruto de estas investigaciones ha surgido el concepto del eje intestino-cerebro como la relación subyacente entre la microbiota intestinal y los trastornos psiquiátricos y neurológicos. Esta conexión es bidireccional, es decir, ambos pueden mandarse información y ambos pueden influirse mutuamente.
La microbiota intestinal se define como el conjunto de microorganismos que habitan de manera simbiótica en nuestro organismo. Se estima que está formada por 100 billones de bacterias, la mayoría de ellas en el colon.
En lo que a este eje se refiere, se cree que la comunicación se produce a través de tres vías: el nervio vago, la vía sistémica (mediante la liberación de hormonas, metabolitos y neurotransmisores) y el sistema inmune.
El nervio vago es el nervio craneal más largo ya que se prolonga desde el bulbo raquídeo hasta el tórax, atravesando la región cervical, el tórax y la cavidad abdominal. Se trata de una conexión neural directa de la microbiota intestinal sobre las funciones del cerebro.
Se ha comprobado que las distintas bacterias que conforman la microbiota intestinal son capaces de sintetizar serotonina, dopamina, cortisol o triptófano entre otras sustancias. Investigaciones han sugerido que a través de la estimulación del nervio vago mejora la señalización de dopamina dentro de las vías de recompensa de los pacientes con depresión mayor.
Según diferentes estudios, la abundancia de determinadas bacterias puede predecir, significativamente, los rasgos de la personalidad. Una investigación evaluó la estructura y función cerebral de personas mientras se les mostraban diferentes imágenes emotivas o desagradables y los resultados fueron sorprendentes. Se observó que reaccionaban de forma diferente a los estímulos en función de sus bacterias intestinales.
A lo largo de los últimos años, los científicos han ido mejorando considerablemente su conocimiento sobre la comunicación entre las bacterias intestinales y el cerebro en términos de su influencia en los trastornos psiquiátricos.
El estrés o la toma de determinados fármacos, como los antibióticos, tienen efectos muy nocivos a nivel del tracto gastrointestinal sobre la microbiota porque bloquean la comunicación del eje microbiota-cerebro-intestino.
De hecho, algunos estudios informan que la exposición a los antibióticos en la vida temprana se asocia con un mayor riesgo de desarrollo posterior de trastornos psiquiátricos: trastornos del sueño, trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastorno de la conducta, trastornos del estado de ánimo, ansiedad y otros trastornos conductuales y emocionales.
Numerosos estudios han confirmado que alteraciones cerebrales pueden afectar al funcionamiento intestinal y, a la inversa, alteraciones gastrointestinales pueden inducir cambios en la conducta, el estado de ánimo o alteraciones a nivel neuroquímico. Ante este sistema de comunicación bidireccional, la microbiota es capaz de regular el sistema inmune, promoviendo el buen funcionamiento del sistema nervioso central.
Los cambios en la alimentación y el estilo de vida son dos de los principales factores a tener en cuenta para cuidar nuestra microbiota y, por consiguiente, herramientas que nos pueden ayudar a mejorar nuestra salud mental.
Cuando se produce un desbalance de bacterias en el intestino, conocido como disbiosis, pueden verse alteradas las concentraciones de la serotonina (neurotransmisor relacionado con las emociones y el estado de ánimo, especialmente de la felicidad). Esto podría justificar en parte el agravamiento de diferentes enfermedades, como pueden ser trastornos del comportamiento, ansiedad, autismo o esquizofrenia.
Una dieta equilibrada y nutritiva, que evite la acumulación de residuos o la absorción de toxinas en el colon, es lo más importante que una persona puede hacer para mantener su intestino sano.
Tratamientos centrados en alimentar las bacterias buenas del microbioma intestinal podrían ayudar a mejorar el cerebro y la salud mental y predecir qué pacientes responderán mejor a las intervenciones médicas y nutricionales.