
Los conflictos armados generan bajas militares, civiles y destrozos en las ciudades arrasadas, pero las consecuencias de la guerra también repercuten en la salud mental de las personas. La aparición de un estado mental patológico de tristeza, abatimiento, melancolía que, probablemente más tarde, se convertirá en un trastorno por estrés postraumático.
Son numerosos los estudios que han evidenciado la aparición de problemas mentales en los soldados que han participado en conflictos bélicos, pero queremos poner el foco en las consecuencias psicológicas que provoca en las víctimas colaterales. Las guerras son devastadoras para la salud mental de la población civil, víctimas de intereses ajenos al poder y que suelen ser los más perjudicados por el horror.
Según un estudio publicado por ‘The Lancet’ sobre la prevalencia de trastornos mentales en situaciones de conflicto, una de cada cinco personas que han vivido un conflicto bélico tiene depresión, trastorno de ansiedad, de estrés postraumático, bipolaridad o esquizofrenia.
Estos datos contrastan con la prevalencia habitual de este tipo de dolencias, que, en una sociedad normal (antes de la llegada de la Covid-19) era de uno de cada 14. Según los datos del estudio, un 21% de la población se verá afectada por formas leves y moderadas de depresión, ansiedad y trastorno de estrés postraumático. Mientras, un 9% desarrollará esquizofrenia, trastorno bipolar y versiones severas de las dolencias anteriores.
La guerra es una experiencia desgarradora, traumática y estresante que genera más vulnerabilidad por la sensación de peligro, terror e indefensión. Las personas se despersonalizan, la guerra deshumaniza.
Los trastornos mentales más comunes que suelen evidenciarse tras la guerra son estrés agudo, depresión, ansiedad, alteraciones del ánimo, trastorno bipolar, esquizofrenia, trastorno de estrés postraumático (TEPT) o reacciones psicóticas. Todo ello, debido a la sobretensión psíquica, el aumento del estado de alerta, la angustia y la violencia vivida durante el conflicto.
A esto, habría que añadir factores sociales como la migración, las separaciones forzosas, los duelos o las pérdidas del hogar y el empleo.
Además, aumentan los factores de riesgo de la conducta suicida y desaparecen los factores de protección como las infraestructuras sanitarias, educativas o sociales. Según algunos estudios, la prevalencia de la ideación suicida entre la población civil está en el 16% y del intento de suicidio en el 6%. En el caso de los mandos y soldados que participan en la guerra, riesgo de suicidio se eleva a un 20%.
Desde el estallido de la guerra en Ucrania, varias ONG’S han alertado sobre las repercusiones mentales que esto tendrá entre su población, especialmente en los niños. Varios estudios coinciden en que la vulnerabilidad es mayor cuando la exposición ocurre en etapas tempranas de la vida como consecuencia de la muerte o la separación forzada de los seres queridos.
A las secuelas físicas de los ataques directos, que incrementan su vulnerabilidad, también debemos añadir las situaciones de estrés continuo a la que están sometidos. Se trata de menores que han sido testigos directos de la destrucción de sus hogares, sus escuelas y hospitales; han presenciado abusos, muertes; incluso han llegado a sufrir la pérdida de miembros de su propia familia y amigos.
Desde UNICEF anticipan que 7,5 millones de menores se verán afectados por las operaciones militares en el conflicto actual de Ucrania. Según sus últimos informes, reflejan que los niños están traumatizados, tienen pesadillas y tienen miedo a dejar sus hogares, sus amigos y su familia.
Según los expertos, los niños pueden desarrollar psicológicamente conductas regresivas, ansiedad por separación, trastornos del sueño, agresividad o sentimientos de culpa, humillación, vergüenza e impotencia.
La salud mental se incorpora como un aspecto relevante de la recuperación tras los conflictos bélicos y es importante que los programas de ayuda tengan en cuenta cuáles son las necesidades de la población afectada.