
La armonía sin leyes fue practicada en pintura por Agnes Martin (1912-2004), muy interesada en la filosofía del zen budista, una práctica personal que pasa por ahondar en el silencio, vaciar la mente por completo y encontrar un lugar donde el parloteo cesa y estamos milagrosamente solos. “Soy una mente vacía. Cuando algo llega puedo verlo mejor”, declaró en una de sus muy escasas entrevistas.
La obra de esta pintora fundamental llega ahora en una antología retrospectiva a la Tate Modern de Londres. Es la primera exposición de alcance sobre la artista celebrada desde 1994 y una oportunidad para enfrentarse a sus cuadros de exquisita simpleza pero conmovedor mensaje. Nacida en Canadá en una familia de agricultores de pocos ingresos, el padre de Martin murió cuando la niña tenía dos años y la madre se dedicó a la venta inmobiliaria para poder vivir. La cría pasó gran parte de la infancia al cuidado de su abuelo materno, un apasionado de los libros que la introdujo en los variados paisajes de la literatura.
En 1940 Martin se fue a vivir a Nueva York con la intención de formarse como profesora de arte. En la gran ciudad empezó a pintar y se hizo amiga de algunos de los artistas del expresionismo abstracto que nacía en los años cincuenta, entre ellos Robert Indiana, Robert Rauschenberg y Jasper Johns. También, tras asistir a una conferencia de D. T. Suzuki, uno de los introductores en Occidente del zen, se interesó por la disciplina meditativa budista que preconiza la búsqueda de sentido y paz vitales mediante el ejercicio del silencio.
En 1967 sufrió un grave episodio de psicosis y tuvo que ser internada durante unos cuantos meses en un hospital psiquiátrico, donde le diagnosticaron esquizofrenia. Al ser dada de alta tomó una decisión radical: se marchó del competitivo y estrasante ambiente neoyorquino, puso rumbo al sur y vagó durante dos años antes de establecerse en Taos-Nuevo México, un lugar tranquilo con tradición de refugio de artistas en donde Martin vivió el resto de su vida.
De alguna manera cumplió el objetivo y logró convivir gracias a la práctica de la pintura silenciosa con los ataques de debilitante psicosis que la acompañaron toda la vida y limitaron su movilidad. Pese a ello nunca quiso tener ayudantes o enfermeros que la cuidasen y se valió por sí misma hasta el fallecimiento a los 92 años. Muy apreciada por la comunidad artística —se considera que fue una pionera y que superó la condición de enferma, mujer y lesbiana en un momento dominado por los hombres—, en vida se organizó una retrospectiva de su obra en el Whitney Museum of American Art en 1992.